Yo soy el pio Enéas, que conmigo
Voy llevando doquier, del mar por medio,
Dioses salvados de voraz asedio.
LXXII, Libro I.
En éste ensayo se plantea tres aproximaciones a Eneida y a su héroe Enéas; la primera, Enéas como el héroe y la forma de legitimarlo; la segunda, nuestro protagonista como el amado frente a Dido, utilizando un acercamiento desde Platón; y la tercera, Enéas como hijo de la tradición odiseica. Finalmente, las aproximaciones tienen como finalidad una lectura más detallada de los primeros libros de la obra y un intento de indagar en las percepciones propias.

Iniciando tenemos al Enéas que enfrenta a su madre, la diosa Venus, por no decir quién es y aun así reacciona como no puede, ni debe, enfrentándose a los dioses. Cuando Juno pide a Heolo que libere los vientos, Enéas no enfrenta a los dioses, se pregunta y pide haber muerto en Troya aunque no los juzga. Vemos entonces que hay un dualismo en sus reacciones con los dioses.
Enéas tiene sus favores, como dice Venus, “Tú, quíenquier seas, que a Cartago vienes, Las simpatías de los Dioses tienes”. Pero al igual que Ulises, tiene sus aliados y sus enemigos, que entorpecen su camino al destino, la creación de Roma.
Ahora bien, cuando Enéas sale de Troya ve al rey morir y en su camino se encuentra a Helena, él quiere venganza por su pueblo en cenizas, pero la clave es lo que Venus indica:
“Por mil, el hierro su sangre no devora;
Por mí, el fuego sus huesos no calcina.
Y a qué la faz baldonas seductora
De esa Lacedemonia que abomina
Tu corazón? Y a Paris a deshora
¿Por qué oprobias? No tiene la ruina
De Troya la opulenta humano origen;
Airados Dioses son quienes la afligen”. CXVII
Enéas se perfila entonces como el héroe que le duele su patria sino también al que los dioses responden, le hacen entender que la culpa no es de los humanos, nunca lo ha sido, todo es un juego de los dioses.

El destino y los dioses van de la mano pues muchas veces los dioses son agentes del destino, se interponen y lo llevan a cabo, enderezan los surcos que llevan a él. Varias veces se habla del destino de Enéas el cual debe construir templos a los dioses para perpetuarlos, debe perpetuar Troya en la tierra de sus ancestros. Se lo dice nada más y nada menos que Héctor, el arquetipo de guerrero orgánico, el buen esposo, buen hijo y buen guerrero.
“Nada contesta: con mortal gemido
¡Vuela! ¡huye!» exclama:
el Griego se apodera
De la ciudad: incendio embravecido
Estalla: ¡Troya se desploma entera!
Mucho a, la patria y al monarca ha sido
Sacrificado: si algo la valiera,
Salvárala este brazo: en su agonía,
Su culto, hijo de Venus, te confía”. LVII Libro II
Él es legítimo por su linaje, digno vástago de una diosa, con un destino divino como lo es crear el gran imperio de Roma. Se pinta a Enéas como el pius Aeneas el que representa todo lo bueno: la piedad, el respeto, la honestidad, el fiel a las creencias. El fundamento de todas las virtudes. ¿Quién otro, sin esas virtudes podría haber fundado Roma? Valiente, fiel a la justicia, intrépido, líder y al igual que en el caso del arquetipo de héroe griego, hermoso pues las virtudes de sí se expresan en su físico.
Ahora bien, esa belleza y las virtudes que lo preceden dejan a Dido sin palabras. En esa relación vemos el amado y el amante, tal como habla de él Platón en el banquete puesto que les da fuerza, son buenos cuando están juntos, juntos los dioses los respaldaban (Alianza entre Juno y Venus) hasta que el destino llamó otra vez a Eneas, con la cara de Mercurio, mensajero de Júpiter. El amor, dice Platón, hace los mejores guerreros porque no hay nada que no harían el uno por el otro y por la vergüenza frente al amado, los vuelve héroes, pero Enéas ya es uno, sin Dido y sin su esposa. Es el deber contra la pasión.
“Verdaderamente si los dioses aprueban lo que se hace por la persona que se ama, ellos estiman, admiran y recompensan mucho más lo que se hace por la persona por quien es uno amado. En efecto, el que ama tiene un no sé qué de más divino que el que es amado, porque en su alma existe un dios; y de aquí procede el haber sido tratado mejor Aquiles (Por Patroclo) que Alceste, después de su muerte en las islas de los afortunados”.
En Dido encontramos que literalmente tiene un dios, cupido, que Venus envía y que hace caer perdidamente a Dido por Eneas, es ella quien hace todo por él, es ella quien entrega todo por él, es víctima de Rumor, es odiada por su pueblo, traiciona su amor por Siqueo. Pero él es el amado, no el amante. Él deberá marcharse y cumplir con su destino. Es un amor contrariado.
“¡Huyes de mí! Mas nuestra unión te pido
Que recuerdes; y este único tesoro
Que reservé, mi corazón herido,
Mírale aquí, y las lágrimas que lloro!
Si algo te merecí, si hallaste en Dido
Algo de amable, tu clemencia imploro!
¿Mi trono hundirse ves sin sentimiento?
¡Ah! ¡si aún vale rogar, muda de intento!” LXIII Libro IV
Mientras Fama avisa a todos de los amantes en la gruta y el deseo, ellos se unen. La escena erótica es contrastada con la diosa que avisa a todos sobre la ansiada pareja.
“Más: que olvidando públicos cuidados.
En la red del placer entretenidos,
Gozan los días del invierno helados,
Por amor, lo que duren, encendidos:
La ímpia Diosa por campos y poblados
Va esto poniendo en bocas y en oídos,
Y al rey Yárbas torciendo, llega en breve,
Le inflama el alma, y a furor le mueve”. XLI Libro IV

Sir Nathaniel Dance-Holland 1735–1811
El pio Enéas debe cumplir aun si debe abandonar el lecho. La gloria lo espera y los dioses lo alientan, nunca prometió nada y él no es el flechado por cupido. Irá a hacer lo que ella hizo en su momento pero por designios más grandes y la pesada carga de restituir templos y gloria.
“Mas ¡ay! la voz de oráculo divino
Fuerza mi voluntad, Febo me guía;
Navegar para Italia es mi destino,
Ya éste es mi amor, y esta es la patria mía!
Cual hoy Troyano a Ausonia me encamino,
Tiria a Cártago tú viniste un día;
Ya en paz la riges: en igual manera
Buscamos, do reinar, zona extranjera”. LXIX Libro IV
Por ultimo llegamos a otro tópico, las semejanzas entre Odisea y Eneida donde encontramos que ambas historias comienzan por la mitad y a la deriva. Ambos caen a puerto, puerto donde hay una mujer, que atrapadas en sus encantos los ayudan. En el caso de Enéas, no le promete la inmortalidad al lado de una diosa pero le ofrece todo de ella. A él lo llama el deber, el destino de su profecía de grandeza y su misma misión, Odiseo tiene su meta como algo más humano, volver a casa. Enéas vuelve a su herencia, a sus antepasados.
Los aedos varían, con Enéas aparece Yópas quien canta con laud cómo el sol se oculta, la luna su movimiento, y del hombre la primera cuna.
Demódoco por el contrario canta sobre Troya, la diferencia por lo tanto es sobre uno que se muestra a sí mismo y otro que se esconde. Temporalmente lo de Troya era más reciente cuando el banquete para Enéas.
En ambos casos hay deidades que se oponen a su destino y a los otros designios, Juno para el que nos corresponde y Poseidón para Ulises. De su parte Enéas tiene a su madre y Ulises tiene a su protectora, Atenea.
La belleza de las palabras, la cadencia de las frases, la estructura de la oración y la historia hacen de los primeros cuatro libros tareas arduas a la hora de entender, pero donde uno se puede sumergir y perder. La aliteración es lo que más se nota a medida que se lee, junto a la personificación y cambio de la estructura en materia de oración.
Consumado los argumentos, esta es la apreciación que tengo de los primeros cuatro libros de Eneida, un compendio de caras de Enéas, un desarrollo del héroe frente a sus iguales y sus superiores. Del Enéas que ama, el que debe ser héroe y el que representa también, esa gran parte de la cultura romana que es la cultura griega.


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