No mires debajo de la cama – Juan José Millas.
«Colgó sin abrir la boca y permaneció de pie, ensimismada, unos segundos. Quedaban más de cinco horas de guardia, una eternidad de desasosiego, demasiada noche por delante. Así que salió de su despacho y se dirigió al del forense, que estaba esperándola o eso dijo.
—Estaba esperándote.
—Pues aquí estoy —respondió Elena.
—¿Quieres que te haga ahora la autopsia?
—Claro.
El forense le explicó que las autopsias, normalmente, las hacía en el Instituto, por la mañana, al terminar la guardia, pero la condujo a una habitación contigua donde había una camilla y un armario blanco con el instrumental indispensable para realizar pequeños reconocimientos relacionados con denuncias por malos tratos o violaciones.
—No es el lugar perfecto para una autopsia —añadió—, pero puedo sustituir la falta de equipo con oficio. Quítate la chaqueta, por favor. Elena se desprendió, turbada, de la chaqueta que el forense extendió sobre la camilla y examinó con vehemencia centímetro a centímetro aplicando la yema de los dedos a cada irregularidad del tejido, a cada pliegue, siguiendo las cicatrices de las costuras que dibujaban el vaciado del cuerpo de la juez, su ausencia. —Ya sabes —dijo el médico— que un buen forense debe hacer la autopsia de las ropas incluso antes que la del cuerpo. Los indicios saltan donde menos se espera. Veamos la blusa. La juez se desprendió de la blusa como de una membrana, y en ese instante supo que acababa de completar una metamorfosis a cuyas diferentes fases había permanecido ajena. Intuyó entonces que, pese a todo, aún era dueña de un futuro misterioso en el que el hombre aquel, el médico, no tenía otra función que la de un mero tránsito. El puente para llegar de un lugar a otro de la vida».
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«Se veían en hoteles de los que el forense debía ser habitual por la familiaridad con la que entraba y salía de ellos, y a veces, las menos, en casa de Elena Rincón, que defendía sus espacios privados con el mismo empeño que él ponía en violarlos. El deseo, cuando surgía, se alimentaba precisamente de la ausencia de porvenir, de la escasez de horizonte. Un día, encontrándose en la cama de un hotel cuyas habitaciones tenían espejos en el techo (lo que al forense le parecía un refinamiento admirable), la magistrada contempló el reflejo de su cuerpo y el del médico gravitando de forma absurda sobre sus cabezas y pensó que eran como dos zapatos pertenecientes a distintos pares. Acababan de practicar el sexo con escaso rendimiento, pese a los espejos, pues el forense se había revelado más hábil en la realización de las autopsias que en la ejecución del amor, y ahora permanecían con los cuerpos boca arriba, observando la columna de humo del cigarrillo del médico, que ascendía en dirección al azogue y parecía penetrarlo, como un hilo sutil que mantuviera unidos los dos mundos.
—Parecemos dos zapatos de diferentes pares —dijo Elena Rincón.
—Entonces quizá deberíamos hacerlo debajo de la cama —respondió el forense—. A lo mejor nos sale mal porque no nos encontramos en el lugar adecuado. «
«La imagen de dos zapatos desparejados hizo pensar a la juez en la curiosidad de que los seres humanos, siendo por su propia naturaleza unidades independientes, buscaran con desesperación una pareja que les completara, como si cada uno fuera la mitad de un conjunto. Gran parte de las desgracias que les afligían —lo comprobaba a diario en su trabajo— provenía de esa búsqueda del par o del miedo a perderlo una vez encontrado. Se preguntó si los zapatos, debajo de la cama, soñarían en cambio con independizarse el derecho del izquierdo para constituirse en individuos diferentes, autónomos. Pero de esto no le dijo nada al forense, que tras apagar un cigarrillo y encender otro aseguró que su mujer y él encajaban bien, como dos zapatos algo toscos quizá, pero del mismo número y de calidades idénticas.
—Sin embargo —añadió—, me gusta probar hormas diferentes a mi naturaleza, lo que constituye una perversión normal en situaciones de desastre. Esa idea obsesiva que tienes tú de que ser juez no sirve para nada guarda una relación muy estrecha también con el agotamiento de la realidad, que si te fijas está ya prácticamente liquidada. Cuando las cosas existían de verdad, era sin embargo a lo más que se podía aspirar en la vida, a eso y a ser médico. Tu padre llevaba razón, aunque con un poco de retraso. Lo más probable es que no se hubiera enterado del fin del mundo. Nadie se entera».
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«También tenía una chimenea falsa, de madera y con puertas, en cuyo interior permanecía oculto un televisor que no había querido colocar a la vista. Un día, después de que levantara el cadáver de una mujer que llevaba un año muerta en su cuarto de estar, frente al televisor todavía encendido, llegó a su casa de juez, prendió el suyo, le quitó el color y el volumen y cerró las puertas de la chimenea, abandonando el aparato a una emisión continua de cenizas. En cierto modo, se trataba de crear una situación inversa a la padecida por aquella mujer de cuya autopsia se deducirían telediarios, concursos y restos de anuncios sin digerir, en confuso desorden. Desde entonces, siempre que atravesaba el salón de la vivienda y contemplaba una raya de luz inquieta por debajo de la puerta de la chimenea, se decía que allí dentro ardía, en blanco y negro, la realidad, o sus brasas, pues quizá el mundo, como afirmaba el forense, estaba en trance de extinción».
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«De este modo, arrastrándose con lo que le quedaba de sí misma, como un cangrejo partido por el medio, atravesó el día y la noche con todos y cada uno de sus minutos, sin que se le concediera la gracia del olvido, del sueño, durante un solo instante. Pero los dos días siguientes la diosa no se manifestó. La juez, que había oído hablar de experiencias extracorporales padecidas en situaciones límite, se veía ir de un extremo a otro de la vida, de un lado a otro de la casa, con el alma arrastrándose a cuatro pasos de sí, unidos el cuerpo y ella por un hilo finísimo que más de una vez estuvo a punto de cortar para que cesara el sufrimiento».
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«Su dueño había perdido el pie derecho en un accidente laboral condenándole a él y al resto del calzado de la casa a aquella suerte de viudez que sobrellevaba con pesadumbre. —¿Qué fue del otro zapato? —preguntaron las zapatillas deportivas. —Lo enterraron con el pie amputado, a modo de mortaja, y desde entonces, me siento dividido, fragmentado, incompleto. Antes parecíamos dos, como cualquiera de vosotros, pero éramos uno, porque ahora que parezco uno sé que soy medio.
Todos estuvieron de acuerdo en que cada par de zapatos, aun estando compuesto por dos unidades en apariencia autónomas, formaba un solo cuerpo, de manera que la desaparición de uno de ellos constituía una mutilación.
(…)
—Está bien —concedió el mocasín viudo—, lo más duro de soportar no es mi dolor, sino el de mi pareja, un dolor que llega desde la lejanía como un daño remoto que no hay manera de aliviar. Creo que podría soportar el padecimiento propio: es el desgarro de mi gemelo ausente el que más duele.
(…)
—¿Y no has intentado formar pareja con los otros zapatos impares de la casa?
—Sí, pero no hay nada más ridículo que dos zapatos izquierdos tratando de parecer un conjunto único, con las punteras disparadas hacia fuera. En mi vivienda hay dos zapatillas de andar por casa, una de fieltro y otra de piel, que van juntas con frecuencia, como si formaran un par, pero resultan más patéticas que los que hemos aceptado permanecer solos con dignidad. Además, soy el único mocasín de la casa: los demás zapatos son de cordones y aunque no tenemos nada los unos contra los otros, las diferencias se hacen más patentes cuando estamos juntos».
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«Hablaron de las ventajas de ser unos zapatos muy usados frente a aquellos otros que permanecían meses en los armarios sin sentir el calor de un pie en el forro. Todos estuvieron de acuerdo en que la vida estaba más vacía sin pie. De hecho, las zapatillas de cuadros habían oído hablar de una cosa llamada horma, que venía a ser un pie artificial: no daba calor, pero llenaba el hueco del que estaban constituidos y reducían la ansiedad característica de los vacíos prolongados.
—Es que el pie es el alma de los zapatos —dijeron los de mujer a modo de conclusión.
—Más que eso —añadieron las deportivas—, el pie es el dios de los zapatos.
—Es el alma —insistieron los de mujer—, de ahí que por la noche se separen del cuerpo, que somos nosotros, y vaguen por los terrenos lechosos de las sábanas. Pero aun estando separados de los pies, como ahora mismo, hay un cordón invisible que nos une a ellos.
—El hilo de plata —señalaron las zapatillas viejas. —Si algún consuelo tengo en mi situación, es el de saber que mi zapato derecho está ocupado por el pie amputado. No hay nada más triste que un zapato vacío —añadió el mocasín impar».
«Cuando regresó al dormitorio, la mujer llamada Teresa continuaba entre las sábanas, balanceándose en una especie de duermevela que le proporcionaba una sonrisa hueca, algo maléfica. Antes de que Vicente comenzara a vestirse, le provocó para que se metiera en la cama y él lo hizo, volvió, y se trabaron el uno al otro con todos los apéndices de que disponían reproduciendo, sin grandes variantes, el cuadro pasional que venían reeditando desde diez o quince días antes. Pero ella quería estar segura de que Holgado continuaba sin quererla y pidió que se lo repitiera.
—No te quiero —respondió él—, de sobra lo sabes.
—A veces —insistió Teresa— tengo la impresión de que haces proyectos para nosotros, como si estuviéramos enamorados.
—No son proyectos, son cálculo».
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«—¿Sabes por qué no se debe mirar nunca debajo de la cama?
—Aún no he llegado a ese capítulo —respondió Teresa con ironía—. ¿Por qué?
—Porque se trata de una dimensión ajena a la nuestra, aunque la tengamos tan cerca —dijo él.
—¿Y tú por qué sabes esas cosas? —Porque yo soy el monstruo de debajo de la cama.
—¿Qué haces aquí arriba, pues?
—Cometí el error de salir, me sacaron más bien, y desde entonces arrastro una vida penosa, disfrazado de ser humano, para no llamar la atención, con esta masa muscular y estas terminaciones nerviosas y esta epidermis en la que no acabo de encajar».
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«Pero era miedo a comprometerse con la parte libre. La otra lo estaba deseando. Quizá Teresa, pensó, también tuviera dos mitades, pues cuando daba un paso en la dirección del compromiso solía caer en una tristeza honda, de la que costaba mucho rescatarla. Lo deseable, se dijo con una sonrisa, sería llegar a acuerdos por zonas: esta parte se casa contigo, pero esta otra permanece debajo de la cama. Venía a ser lo mismo que decir podrás entrar en todas las habitaciones de mi casa, menos en la del fondo del pasillo. Trató de imaginar cómo se sentiría él si Teresa le hiciera una propuesta de ese tipo. ¿Necesitaría violar la prohibición? ¿Y con qué parte de sí, la ocupada o la libre? Lo cierto es que los dos tenían una región secreta a la que el otro no podía acceder, pero se trataba de un lugar sin geografía, de un país sin territorio, incluso sin una lengua propia, sin constitución, sin historia».
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«—¿Qué tal le va a ése? —preguntó la señora en un susurro.
Vicente hizo con la mano un gesto que indicaba que ni bien ni mal, a lo que ella respondió que los males irreales eran los más difíciles de erradicar. Holgado estaba a punto de explicarle que las cosas irreales también eran reales, pero tuvo miedo de que el paciente les oyera murmurar y se sintiera aludido, así que desvió la conversación hacia otros asuntos».
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» Tras saludar a todos de un modo desabrido, transmitiendo la impresión de que el mundo entero y su familia estuvieran en deuda con ella, miró fijamente al callista, como si lo conociera de otra vida, o de otra novela, y luego se retiró con el perrito aduciendo que ese día no le tocaba cenar.
—Además —añadió con la voz quebrada mientras miraba una vez más, llena de asombro, aunque quizá de espanto, al callista—, estoy agotada. Vicente comprendió de súbito por qué Teresa no era sino un lugar de tránsito hacia otro espacio, llamado Julia, Julia, ahora lo sabía. Un rayo procedente de los ojos de la chica, o de su aparato corrector, le había derribado allí, delante de toda la familia, siendo tan evidente la derrota, o quizá la victoria, que produjo a su alrededor una atmósfera irrespirable».
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«Vicente cerró la puerta con una mano, manteniendo en la otra la bolsa de plástico con su pequeña caja de herramientas, y entonces vio la misma mosca de antes detenida sobre uno de los cepillos de dientes, llevando a cabo una actividad microscópica encima de él. Como un hombre en la luna, pensó. Después observó las batas amenazantes dispuestas en hilera, sobre el bidé, y a continuación los zapatos agrietados que había descubierto junto al cadáver del perrito. Esto es la realidad, volvió a decirse. Pero inmediatamente se dio cuenta de que era la una de la madrugada y que se hallaba en un cuarto de baño ajeno al suyo, empeñado en la reparación de una cisterna con un hombre al que apenas conocía, mientras esperaba el momento de acercarse a escondidas al dormitorio principal de la casa, para hacer desaparecer el cadáver de un perro. Y todo por haberse enamorado de una joven con prótesis dental. Esto no puede ser la realidad, rectificó».
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«—Y si la obligación de Vicente Holgado era ser imaginario y estar siempre debajo de la cama, ¿por qué vivía fuera de ella y era real? —continuó Elena Rincón como encallada en este asunto de fantasmas.
—Bueno —insistió Teresa—, lo que él decía es que de pequeño le habían obligado a salir a la superficie forzándole a adoptar las maneras y costumbres de la gente normal. Ya digo que era una broma.
—Una broma seria, me ha parecido entender.
—Vicente era así. —¿Pudo haber regresado a su lugar de origen para morir? —preguntó Elena Rincón componiendo un gesto de paciencia muy ensayado en el que los declarantes solían advertir una amenaza».
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«El efecto, en cualquier caso, quedaba atenuado gracias a que las tristes llamas emitidas por el aparato eran en blanco y negro. Pero un día, tras el levantamiento de un cadáver muerto frente al televisor, decidió dejar el suyo encendido de forma permanente tras las puertas de madera noble. Y aunque nunca las volvió a abrir, siempre que pasaba por delante advertía un parpadeo luminoso entre las junturas, como si la chimenea estuviera encendida, aunque lo que estaba encendido era el mundo, un mundo raro desde luego al que Elena Rincón no se sentía unida por ninguno de sus bordes. La magistrada asociaba el blanco y negro a algún tipo de decencia perteneciente a una era más feliz para la humanidad, de modo que al arrebatar el color al aparato proporcionó a sus imágenes una calidad de ceniza que en su día atenuó la culpa de contemplarlas».
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«—Razón de más —añadió él con una carcajada, disponiéndose a apagar el cigarrillo sobre una zona del celofán previamente humedecida con su saliva.
—¿Y sabes que se creía que era el monstruo que hay debajo de las camas de la gente miedosa?
—¿El monstruo de debajo de las camas?
—Sí. —Dios mío, qué mal está todo el mundo —dijo el forense incorporándose con estupor—, cuando yo era pequeño, confiaba en que de mayor las cosas serían más fáciles.
—Más fáciles en qué sentido. —En ése justamente. Pensé que desaparecerían los fantasmas de los dormitorios y que la gente se comportaría de un modo más razonable que mis compañeros de entonces, que yo mismo. Pero el mundo ha ido empeorando a medida que crecía, que crecíamos.
—¿Tú también tenías un monstruo?
—Yo tenía un muerto. Me defendía de él pensando que los fantasmas de los muertos éramos los vivos, de modo que él me tendría tanto miedo a mí como yo a él. De hecho, los muertos y los vivos no suelen coincidir en el pasillo. «
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FIN
«—Si espera usted un poco, le quitamos en seguida ese dolor a su zapato.
—Esperaré toda la vida —respondió la juez con cierto patetismo fijando la atención en el título de un libro que había al lado de una de las hormas.
—¿Lo ha leído? —preguntó Teresa al observar el interés con que la juez miraba su ejemplar de No mires debajo de la cama.
—Estoy en la página 207 —respondió Elena.
—Igual que yo —añadió la mujer—, yo también estoy en esa página. Qué raro».
*En el libro en físico debe ser está la pagina final. En pdf es la pag.86*
Ni para qué, éste libro me gustó bastante pero es difícil mantener un buen ritmo. Suele ser un poco repetitivo pero la forma de narrar es bastante llamativa y el tema es fascinante. Lo titule así porque en el libro se hace referencia a sí mismo, los protagonistas leen un libro llamado igual que el propio, donde sus zapatos habitan y la linea se difumina dentro de ese mundo al punto de no saber si el libro es sobre los zapatos o sobre los dueños. ¿Cual es el libro dentro del libro?
Pronto subiré más citas de los otros libros. Espero que con las citas se interesen en los libros o al menos despierte un poquito de su curiosidad. Nunca se debe perder.
Estoy estresado por la entrada al nuevo semestre y he estado pensando en hacer dos carreras. Literatura y psicología.
Hasta pronto.




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