Madame Bovary – Gustavo Flaubert.
«Su mujer, en otro tiempo, había estado loca por él; lo había amado con mil servilismos, que le apartaron todavía más de ella. En otra época jovial, expansiva y tan enamorada, se había vuelto, al envejecer, como el vino destapado que se convierte en vinagre, de humor difícil, chillona y nerviosa. ¡Había sufrido tanto, sin quejarse, al principio, cuando le veía correr detrás de todas las mozas del pueblo y regresar de noche de veinte lugares de perdición, hastiado y apestando a vino! Después, su orgullo se había rebelado. Entonces se calló tragándose la rabia en un estoicismo mudo que guardó hasta su muerte». Pag.3
«Había que servirle su chocolate todas las mañanas, y necesitaba cuidados sin fin. Se quejaba continuamente de los nervios, del pecho, de sus humores. El ruido de pasos le molestaba; si se iban, no podía soportar la soledad; volvían a su lado y era para verla morir, sin duda». Pag.5
«Pero la ansiedad de un nuevo estado, o tal vez la irritación causada por la presencia de aquel hombre, había bastado para hacerle creer que por fin poseía aquella pasión maravillosa que hasta entonces se había mantenido como un gran pájaro de plumaje rosa planeando en el esplendor de los cielos poéticos, y no podía imaginarse ahora que aquella calma en que viva fuera la felicidad que había soñado». (Emma es una soñadora de cuidado) Pag. 16
«La conversación de Carlos era insulsa como una acera de calle, y las ideas de todo el mundo desfilaban por ella en su traje ordinario, sin causar emoción, risa o ensueño. Nunca había sentido curiosidad –decía– cuando vivía en Rouen, por ir al teatro a ver a los actores de París. No sabía ni nadar ni practicar la esgrima, ni tirar con la pistola, y, un día, no fue capaz de explicarle un término de equitación que ella había encontrado en una novela.
¿Acaso un hombre no debía conocerlo todo, destacar en actividades múltiples, iniciar a la mujer en las energías de la pasión, en los refinamientos de la vida, en todos los misterios? Pero éste no enseñaba nada, no sabía nada, no deseaba nada. La creía feliz y ella le reprochaba aquella calma tan impasible, aquella pachorra apacible, hasta la felicidad que ella le proporcionaba.» Pag.17
«Empezaron despacio, después fueron más deprisa. Daban vueltas: todo giraba a su alrededor, las lámparas, los muebles, las maderas, el suelo, como un disco sobre su eje. Al pasar cerca de las puertas, los bajos del vestido de Emma se pegaban al pantalón del vizconde; sus piernas se entrecruzaban; él inclinaba su mirada hacia ella, ella levantaba la suya hacia él; una especie de mareo se apoderó de ella, se quedó parada. Volvieron a empezar; y, con un movimiento más rápido, el vizconde, arrastrándola, desapareció con ella hasta el fondo de la galería, donde Emma, jadeante, estuvo a punto de caerse, y un instante apoyó la cabeza sobre el pecho del vizconde, y después, sin dejar de dar vueltas, pero más despacio, él la volvió a acompañar a su sitio; ella se apoyó en la pared y se tapó los ojos con la mano». Pag. 22
» Se compró un plano de París y, con la punta de su dedo sobre el mapa, hacía recorridos por la capital. Subía los bulevares, deteniéndose en cada esquina, entre las líneas de las calles, ante los cuadrados blancos que figuraban las casas. Por fin, cansados los ojos, cerraba sus párpados, y veía en las tinieblas retorcerse al viento farolas de gas con estribos de calesas, que bajaban con gran estruendo ante el peristilo de los teatros». Pag. 24
» En los reservados de restaurantes donde se cena después de medianoche veía a la luz de las velas la muchedumbre abigarrada de la gente de letras y las actrices. Aquéllos eran pródigos como reyes llenos de ambiciones ideales y de delirios fantásticos. Era una existencia por encima de las demás, entre cielo y tierra, en las tempestades, algo sublime. El resto de la gente estaba perdido, sin lugar preciso, y como si no existiera. Por otra parte, cuanto más cercanas estaban las cosas más se apartaba el pensamiento de ellas. Todo lo que la rodeaba inmediatamente, ambiente rural aburrido, pequeños burgueses imbéciles, mediocridad de la existencia, le parecía una excepción en el mundo, un azar particular en que se encontraba presa; mientras que más allá se extendía hasta perderse de vista el inmenso país de las felicidades y de las pasiones. En su deseo confundía las sensualidades del lujo con las alegrías del corazón, la elegancia de las costumbres, con las delicadezas del sentimiento. ¿No necesitaba el amor como las plantas tropicales unos terrenos preparados, una temperatura particular? Los suspiros a la luz de la luna, los largos abrazos, las lágrimas que corren sobre las manos que se abandonan, todas las fiebres de la carne y las languideces de la ternura no se separaban del balcón de los grandes castillos que están llenos de distracciones, de un saloncito con cortinillas de seda con una alfombra muy gorda, con maceteros bien llenos de flores, una cama montada sobre un estrado ni del destello de las piedras preciosas y de los galones de la librea».
«Emma a veces le ajustaba en su chaleco el ribete rojo de sus camisetas, le arreglaba la corbata o escondía los guantes desteñidos que se iba a poner; y esto no era, como él creía, por él; era por ella misma, por exceso de egoísmo, por irritación nerviosa. (…) Ella hacía muchas confidencias a su perra galga. Se las hubiera hecho a los troncos de su chimenea y al péndulo de su reloj. En el fondo de su alma, sin embargo, esperaba un acontecimiento. Como los náufragos, paseaba sobre la soledad de su vida sus ojos desesperados, buscando a lo lejos alguna vela blanca en las brumas del horizonte». Pag. 25
«Tengo una religión, mi religión, y tengo más que todos ellos, con sus comedias y sus charlatanerías. Por el contrario, yo adoro a Dios. ¡Creo en el Ser Supremo, un Creador, cualquiera que sea, me importa poco, que nos ha puesto aquí abajo para cumplir aquí nuestros deberes de ciudadanos y de padres de familia; pero no necesito ir a una iglesia a besar bandejas de plata y a engordar con mi bolsillo un montón de farsantes que se alimentan mejor que nosotros! Porque se puede honrarlo lo mismo en un bosque, en un campo, o incluso contemplando la bóveda celeste como los antiguos. Mi Dios, el mío, es el Dios de Sócrates, de Franklin, de Voltaire y de Béranger. Yo estoy a favor de la Profesión de fe del vicario saboyano y los inmortales principios del ochenta y nueve. Por tanto, no admito un tipo de Dios que se pasea por su jardín bastón en mano, aloja a sus amigos en el vientre de las ballenas, muere lanzando un grito y resucita al cabo de tres días: cosas absurdas en sí mismas y completamente opuestas, además, a todas las leyes de la física; lo que nos demuestra, de paso, que los sacerdotes han estado siempre sumidos en una ignorancia ignominiosa, en la que se esfuerzan por hundir con ellos a los pueblos». Pag.31

(Imagen de una versión cinematográfica)
«—Mi mujer apenas se ocupa de eso –dijo Carlos ; aunque le recomiendan el ejercicio, prefiere quedarse en su habitación leyendo.
—Es como yo –replicó León–; qué mejor cosa, en efecto, que estar por la noche al lado del fuego con un libro, mientras el viento bate los cristales y arde la lámpara.
—¿Verdad que sí? –dijo ella, fijando en él sus grandes ojos negros bien abiertos.
—No se piensa en nada –proseguía él–, las horas pasan. Uno se pasea inmóvil por países que cree ver, y su pensamiento, enlazándose a la ficción, se recrea en los detalles o sigue el hilo de las aventuras. Se identifica con los personajes; parece que somos nosotros mismos los que palpitamos bajo sus trajes.
—¡Es verdad! –decía ella–; ¡es verdad!
—¿Le ha ocurrido alguna vez –replicó León– encontrar en un libro una idea vaga que se ha tenido, alguna imagen oscura que vuelve de lejos, y como la exposición completa de su sentimiento más sutil?
—¡Sí, me ha sucedido –respondió ella.
—Por eso –dijo él– me gustan sobre todo los poetas. Encuentro que los versos son más tiernos que la prosa, y que consiguen mucho mejor hacer llorar.
—Sin embargo, cansan a la larga –replicó Emma ; y ahora, al contrario, me gustan las historias que se siguen de un tirón, donde hay miedo. Detesto los héroes vulgares y los sentimientos moderados, como los que se encuentran en la realidad.
—En efecto –observó el pasante de notario–, esas obras que no llegan al corazón, se apartan, me parece, del verdadero fin del arte. Es tan agradable entre los desengaños de la vida poder transportarse con el pensamiento a un mundo de nobles caracteres, afectos puros y cuadros de felicidad. Para mí, que vivo aquí, lejos del mundo, es mi única distracción. ¡Yonville ofrece tan pocos alicientes!». Pag. 33
«Con sus bandós negros, sus grandes ojos, su nariz recta, su andar de pájaro, y siempre silenciosa ahora, ¿no parecía atravesar la existencia, apenas sin rozarla, y llevar en la frente la señal de alguna predestinación sublime? Estaba tan triste y tan tranquila, tan dulce y a la vez tan reservada, que uno se sentía a su lado prendido por un encanto glacial, como se tiembla en las iglesias bajo el perfume de las flores mezclado al frío de los mármoles. Tampoco los demás escapaban a esta seducción». Pag. 44
«—¿Es que no le subleva a usted esta conspiración de la sociedad? ¿Hay algún sentimiento que no condene? Los instintos más nobles, las simpatías más puras son perseguidas, calumniadas, y si, por fin, dos pobres almas se encuentran, todo está organizado para que no puedan unirse. Sin embargo, ellas lo intentarán, moverán las alas, se llamarán. ¡Oh!, no importa, tarde o temprano, dentro de seis meses, diez años, se reunirán, se amarán, porque el destino lo exige y porque han nacido la una para la otra».
«León la sintió entre sus dedos, y la sustancia misma de todo su ser le parecía concentrarse en aquella palma de la mano húmeda. Después abrió la mano; sus miradas volvieron a encontrarse, y desapareció». Pag. 50
«—Por lo demás –añadió Rodolfo–, quizás, desde el punto de vista de la gente, ¿tienen razón?
—¿Cómo es eso? –dijo ella.
—¿Y cómo ha de ser? –dijo él–, ¿no sabe usted que hay almas continuamente atormentadas? Necesitan alternativamente el sueño y la acción, las pasiones más puras, los goces más furiosos, y se precipitan así en toda clase de fantasías, de locuras.
Entonces ella lo miró como quien contempla a un viajero que ha pasado por países extraordinarios, y replicó:
—Nosotras, las pobres mujeres, ni siquiera tenemos esa distracción.
—Triste distracción, pues ahí no se encuentra la felicidad.
—¿Pero acaso la felicidad se encuentra alguna vez? –preguntó ella.
—Sí, un día se encuentra –respondió él.
~Y esto lo han comprendido ustedes, decía el consejero; ¡ustedes, agricultores, trabajadores del campo; ustedes, pioneros pacíficos de toda una obra de civilización!, ¡ustedes, hombres de progreso y de moralidad!, ustedes han comprendido, digo, que las tormentas políticas son todavía más temibles ciertamente que las perturbaciones atmosféricas…~
—Sí, llega un día –repitió Rodolfo–, un día, de pronto, y cuando ya se había perdido la esperanza. Entonces se entreabren horizontes, es como una voz que grita: “¡Aquí está!” Uno siente la necesidad de hacer a esa persona la confidencia de su vida, de darle todo, de sacrificarle todo. No nos explicamos, nos adivinamos. Nos hemos vislumbrado en sueños (y él la miraba). Por fin, está ahí, ese tesoro que tanto se ha buscado, ahí, delante de nosotros; brilla, resplandece. Sin embargo, seguimos dudando, no nos atrevemos a creer en él; nos quedamos deslumbrados, como si saliéramos de las tinieblas a la luz». Pag. 62
«—¡Sí, pienso en usted continuamente!… Su recuerdo me desespera ¡Ah!, ¡perdón!… La dejo… ¡Adiós!… ¡Me iré lejos, tan lejos que usted ya no volverá a oír hablar de mí! Y sin embargo…, hoy…, ¡no sé qué fuerza me ha empujado de nuevo hacia usted! ¡Pues no se lucha contra el cielo, no se resiste a la sonrisa de los ángeles!, ¡uno se deja arrastrar por lo que es bello, encantador, adorable! » Pag. 67
(Pinturas de Ivan Alifan)
» Penetraba en algo maravilloso donde todo sería pasión, éxtasis, delirio; una azul inmensidad la envolvía, las cumbres del sentimiento resplandecían bajo su imaginación, y la existencia ordinaria no aparecía sino a to lejos, muy abajo, en la sombra, entre los intervalos de aquellas alturas.
Entonces recordó a las heroínas de los libros que había leído y la legión lírica de esas mujeres adúlteras empezó a cantar en su memoria con voces de hermanas que la fascinaban. Ella venía a ser como una parte verdadera de aquellas imaginaciones y realizaba el largo sueño de su juventud, contemplándose en ese tipo de enamorada que tanto había deseado. Además, Emma experimentaba una satisfacción de venganza. ¡Bastante había sufrido! Pero ahora triunfaba, y el amor, tanto tiempo contenido, brotaba todo entero a gozosos borbotones. Lo saboreaba sin remordimiento, sin preocupación, sin turbación alguna». Pag. 71
» ¡Qué felicidad en aquellos tiempos!, ¡qué libertad!, ¡qué esperanza!, ¡cuántas ilusiones! ¡Ya no quedaba nada de aquello ahora! Lo había gastado en todas las aventuras de su alma, en todas las situaciones sucesivas, en la virginidad, en el matrimonio y en el amor, habiéndolas perdido continuamente a lo largo de su vida, como un viajero que deja algo de su riqueza en todas las posadas del camino. ¿Pero quién la hacía tan desgraciada?, ¿dónde estaba la catástrofe extraordinaria que la había trastornado? Y levantó la cabeza, mirando a su alrededor, como para buscar la causa de lo que le hacía sufrir». Pag.74
«Y si él confesaba que no había pensado, había una serie de reproches, que terminaban siempre por la eterna pregunta.
—¿Me quieres?
—¡Claro que sí, te quiero! –le respondía él.
—¿Mucho?
—¡Desde luego!
—¿No has tenido otros amores, eh?
—¿Crees que me has cogido virgen? –exclamaba él riendo».
«Yo –dijo Binet– vi hace tiempo una obra de teatro titulada Le Gamin de París, donde se traza el carácter de un viejo general que está verdaderamente chiflado. Echa una bronca a un hijo de familia que había seducido a una obrera, que al final… -¡Ciertamente! –continuaba Homais–, hay mala literatura como hay mala farmacia; pero condenar en bloque la más importante de las bellas artes me parece una ligereza, una idea medieval, digna de aquellos abominables tiempos en los que se encarcelaba a Galileo. -Ya sé –objetó el cura– que hay buenas obras, buenos autores; sin embargo, sólo el hecho de que esas personas de diferente sexo estén reunidas en un lugar encantador, adornado de pompas mundanas, y además esos disfraces paganos, ese maquillaje, esos candelabros, esas voces afeminadas, todo esto tiene que acabar por engendrar un cierto libertinaje de espíritu y provocar pensamientos deshonestos, tentaciones impuras. Tal es al menos la opinión de todos los Santos Padres. En fin –añadió, adoptando repentinamente un tono de voz místico, mientras que daba vueltas sobre su pulgar a una toma de rapé–, si la Iglesia ha condenado los espectáculos es porque tenía razón; debemos someternos a sus decretos». Pag. 98.
«Pero aquella felicidad, sin duda, era una mentira imaginada por la desesperación de todo deseo. Ahora conocía la pequeñez de las pasiones que el arte exageraba». Pag. 99
» ¡No importa!, no era feliz, no lo había sido nunca. ¿De dónde venía aquella insatisfacción de la vida, aquella instantánea corrupción de las cosas en las que se apoyaba?… Pero si había en alguna parte un ser fuerte y bello, una naturaleza valerosa, llena a la vez de exaltación y de refinamientos, un corazón de poeta bajo una forma de ángel, lira con cuerdas de bronce, que tocara al cielo epitalamios elegiacos, ¿por qué, por azar, no lo encontraría ella? ¡Oh!, ¡qué dificultad! Por otra parte, nada valía la pena de una búsqueda; ¡todo era mentira! Cada sonrisa ocultaba un bostezo de aburrimiento, cada alegría una maldición, todo placer su hastío, y los mejores besos no dejaban en los labios más que un irrealizable deseo de una voluptuosidad más alta». Pag.129
» Por eso renunciaba a la flauta, a los sentimientos exaltados, a la imaginación, pues todo burgués, en el acaloramiento de la juventud, aunque sólo fuese un día, un minuto, se creía capaz de inmensas pasiones, de altas empresas. El más mediocre libertino soñó con sultanas; cada notario lleva en sí los restos de un poeta. Ahora se aburría cuando Emma, de repente, se ponía a sollozar sobre su pecho; y su corazón, como la gente que no puede soportar más que una cierta dosis de música, se adormecía de indiferencia en el estrépito de un amor cuyas delicadezas ya no distinguía. Se conocían demasiado para gozar de aquellos embelesos de la posesión que centuplican su gozo. Ella estaba tan hastiada de él como él cansado de ella».
(Manuscrito original)
«Y le pasaba la mano por los cabellos lentamente. La suavidad de esta sensación le aumentaba su tristeza; sentía que todo su ser se desplomaba de desesperanza ante la idea de que había que perderla, cuando, por el contrario, ella manifestaba amarlo más que nunca; y no encontraba nada; no sabía, no se atrevía, pues la urgencia de una resolución inmediata acababa de trastornarle.
Ella pensaba que había terminado con todas las traiciones, las bajezas y los innumerables apetitos que la torturaban. Ahora no odiaba a nadie, un crepúsculo confuso se abatía en su pensamiento, y de todos los ruidos de la tierra no oía más que la intermitente lamentación de aquel pobre corazón, suave e indistinta, como el último eco de una sinfonía que se aleja». Pag. 155
«Trataba, sin embargo, de animarse a la devoción, de elevarse en la esperanza de una vida futura en donde la volvería a ver. Imaginaba que ella había salido de viaje, muy lejos, desde hacía tiempo. Pero cuando pensaba que estaba allí abajo y que todo había terminado, que la llevaban a la tierra, se apoderaba de él una rabia feroz, negra, desesperada. A veces creía». Pag. 156
(Richard S. Johnson)
«Y Carlos, sujetando la cabeza con sus dos manos, replicó con una voz apagada y con el acento resignado de los dolores infinitos.
Incluso añadió una gran frase, la única que jamás había dicho: —¡Es culpa de la fatalidad! «
Fin.
Madame Bovary es un personaje fantástico, eso no se lo quita nadie. Pero no por ello tiene una buena personalidad o se gana el cariño del lector, por lo menos no se ganó el mio. Pero es real, ella quiere la felicidad y esa felicidad está en el amor que ella cree que es el cierto, mi problema con ella es que no le importa herir a los demás. Y eso no es justo.
Charles de igual manera es un poco tonto, aunque en la novela lo parece más por la perspectiva de Emma. Muestran muy bien la sociedad de la época, sus tabúes y las criticas que Flaubert quería revelar. Ademas no hay manera de aburrirse con la historia de amor, desamor, infidelidades, rencores, sueños e idealidades de Emma.
En fin, no quería hacer comentarios sobre los libros de las citas pero no sè. Hoy no me siento muy yo y tenia ganas de escribir al menos unas lineas. Sè que he hecho muchas promesas vacías sobre post imaginarios pero a veces me cuesta tanto alzar la mirada, sacar mi cabeza de mi mundo y mirar la realidad es tan difícil y extenuante. Por ello dejo todo pasar y luego me preguntò el porquè.
Bueno, al menos publique algo. He leído como otros cuatro o cinco libros pero es muy cansino buscar las frases que he guardado en mi celular y buscarla en un pdf en el computador para poder postearlas bonitas y en orden acá. Pero lo haré, o al menos tengo la intención en èste momento.
Hasta tiempos mejores. (Ojala proximos)






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